Escritos desde el rincón de México y Gringolandia

La ardilla de la Main Street

La ardilla de la Main Street

La ardilla de la Main Street

La primera vez que la vi corría sobre uno de los gruesos cables de energía eléctrica que se despliegan en paralelo por arriba de la calle en la acera de enfrente. Corría con gracia encorvando un poco su cuerpo cuando saltaba, con la vista al frente. Su piernas, musculosas. Su pelaje, brilloso. Su paso firme, despreocupado.

Es un trayecto de 25 metros el que recorre para llegar de un árbol a otro, sin necesidad de bajar al piso y andarlos sobre el pavimento.  Los dos árboles entre los que se mueve están situados en manzanas diferentes por lo que utilizar el cable le evitaba lidiar, además, con los vehículos que transitan por ahí.

 Después de esa primera vez la he visto muchas más. La veo corriendo apresurada o caminando tranquilamente, de ida y regreso casi siempre llevando algún tipo de alimento-seguramente nueces- en su boca. O quizás no sea la misma, porque en verdad es imposible para mí distinguir una de otra. Todas me parecen iguales, como si fueran clones.

No hay quien la moleste. No la persiguen, no la cazan, no la agreden, no la ahuyentan, no le temen, nadie se atreve a tirar sus árboles. No veo niños o jóvenes que les tiren con resortera o municiones. Más aún, en algunas casas le ponen bebederos para que tome agua o le dejan elotes completos para que se alimente. Parece que los habitantes de esta ciudad no la consideran una plaga.

Allá, arriba, todo parece tranquilo para ella. Salvo, quizás, cuando otra ardilla trata de cruzar al mismo tiempo y se encuentran en un camino demasiado angosto para las dos. Pero ni siquiera eso le preocupa. Simplemente una de ellas decide pasar por debajo del cable, sin detenerse siquiera a discutir con la otra cual camino tomar.

Aquí puede vivir tranquila y el alimento para las de su especie abunda. Este es un buen lugar para ella, donde se siente segura. Más segura que si fuera humano, adolescente, y alumno de alguna de las escuelas de este país. A ellos si les tiran a matar con armas de fuego de grueso calibre.

Me alegre por las ardillas. Me entristecí por una cultura que a veces pareciera no muestrar a su juventud las mismas consideraciones que tiene para estos roedores.

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Escritores de novela negra y como trabajan – Ricardo Bosque

 ¿Te has preguntado cuales son los hábitos de trabajo de tus escritores favoritos? ¿Que música escuchan cuando escriben, dónde lo hacen, cuantas horas pasan derramando palabras sobre el papel o la pantalla?

 Esta serie de entrevistas darán respuesta a algunas simples preguntas que hice a algunos de los escritores de novela negra más importantes de este tiempo.

 En este entrega Ricardo Bosque nos da a conocer algunos de sus hábitos como escritor. Que lo disfrutes.

Ricardo Bosque

Ricardo Bosque

 ¿Podrías presentarte y decirnos que escribes (cuento, novela, ensayo, ….)?

Soy Ricardo Bosque y nací en Zaragoza -donde siempre he vivido- hace exactamente medio siglo. El trabajo que me da de comer lo desarrollo en el ayuntamiento de mi ciudad y parte de mi tiempo libre lo dedico a juntar palabras en forma de novelas, relatos, reseñas literarias y algún artículo. Y otra parte de ese tiempo libre lo dedico a editar y dirigir la revista digital Calibre ,38, especializada en el género negro.

 ¿Cuántas horas al día escribes?

Menos de las que me gustaría, con dos pequeñajos de cuatro años corriendo todo el día por casa no se puede hacer más. Siempre que puedo y estoy con una novela, entre hora y media y dos, a poder ser todos los días.

 ¿A qué hora del día prefieres hacerlo?

Esta respuesta es complementaria de la de arriba: no es cuándo prefiero sino cuándo puedo, habitualmente de noche y, sobre todo, viernes y sábados. Y me gusta, no voy a negarlo.

 ¿Te fijas un límite en palabras, o en tiempo? ¿o no hay límite?

No, nunca. A veces me lo he propuesto y a la vista de que nunca lo he logrado he desistido de fijarme objetivos tan a corto plazo.

 ¿Cuándo escribes escuchas música? de ser así, ¿qué tipo de música?

Casi siempre lo hago, me gusta tener música de fondo, instrumental porque si tiene letra terminaría cantando. Jazz, étnica y clásica son mis favoritas, aunque a veces me permito -si la ocasión lo propicia- algo de pop o rock: The Cure, The Clash, Belle & Sebastian, Eels…

 ¿Qué tan seguido consultas Internet? ¿tienes períodos en los que te abandones totalmente al vacío de la Internet? ¿O te desconectas completamente de tu conexión a la red?

Nunca desconecto de la red, diría que soy casi un adicto. Como instrumento de consulta me resulta insustituible y, desde luego, como modo de estar en contacto con otros autores o con lectores que han tenido el detalle de leer alguno de mis libros.

 ¿Eres Técnico o Rudo? Se dice que los escritores pueden ser dos tipos: Rudos o Técnico. Los Rudos escriben una historia rápidamente, en completo desorden, caprichosamente, así como sale. Después, regresan a ella de nuevo, cuidadosamente, corrigiendo todo lo que es horrible o lo que simplemente no funciona. Los Técnicos escriben una frase a la vez, fijándose que todo sea exacto y correcto antes de dejarla para iniciar con la siguiente. Cuando terminan, terminan. ¿Eres alguno de ellos, o algo completamente diferente?

Me gusta esta división. Creo que más bien rudo en la primera fase, tratando de que todo fluya rápido, sin corregir casi nada, aprovechando el poco tiempo disponible al máximo para que la trama avance, y técnico cuando ya estoy en fase de reescritura, puliendo detalles y eliminando lo que sobra.

 ¿Comes mientras escribes?

Nunca. Acompaño la escritura con una bebida larga y un purito de vez en cuando, aprovechando para hacer una pausa si llevo escribiendo más tiempo de lo habitual.

¿Qué tipo de bocadillos o bebidas prefieres?

Bocadillos, casi todos. De jamón con tomate, por ejemplo. O de sardinas tampoco está nada mal. En cuanto a bebidas, vino con las comidas, cerveza por la tarde y, escribiendo, me mantengo absolutamente fiel al gin tonic, sobre todo los fines de semana.

¿Cuál es tu más grande herramienta para procrastinar? ¿o eres de esos tipos raros de escritores que nunca procrastinas?

Jajaja, no, en eso debo de ser muy normalito… Poco disciplinado, siempre soy capaz de encontrar una excusa para no ponerme a hacer lo que debo. Creo que es por eso por lo que me premio con lo del gin tonic del que hablaba antes, un aliciente para ponerme ante el teclado.

¿Como se acomodan a tu horario de trabajo las personas (pareja /hijos/compañero de cuarto) que viven a tu alrededor? 

Más bien soy yo el que se acomoda a ellos, sobre todo a los chavales, demasiado pequeños para comprender que papá tiene que encerrarse a escribir de vez en cuando. Así que, cuando me dejan, a darle a la tecla.

 ¿Estás muy atado emocionalmente al lugar en que te has acostumbrado a escribir? ¿o puedes cambiar sin ningún problema de espacio?

Siempre en mi estudio, al que soy tan fiel como al gin tónic.

 ¿Qué tipo de hardware usas?

Un netbook -que procuro mantener con el wifi desactivado para evitar distracciones-, y libreta y pluma para tomar notas o desatascar situaciones que no terminan de salir adelante.

 ¿Qué tipo de software usas?

Soy usuario de Linux y, por tanto, del software libre. Pero hace algún tiempo probé un programa para escritores, Scrivener, y estoy enganchado a él.

 ¿Qué cambiarías de la forma en que escribes ahora?

La forma creo que va cambiando, evolucionando, de un modo natural, nada premeditado. Lo que sí me gustaría es poder modificar los hábitos, ser más regular. Supongo que algún día lo lograré, pero tampoco es algo que me quite el sueño.

Fin de la entrevista.

NOTA:

Según Kurt Vonnegut estos dos tipos son Swooper y Basher (Rudo y Técnico, según mi libre traducción). A falta en mi arsenal de un significado mejor para estos términos, acudo al deporte de la Lucha Libre que en México los entiende de la siguiente manera.

Los rudos son aquellos luchadores que no dudan en utilizar cualquier tipo de artimañas o trampas para lograr sus objetivos. Son también conocidos como sucios.

Los técnicos  no utilizan trampas ni maniobras ilegales en sus combates, obtienen la victoria en sus combates de manera limpia. Son también conocidos como honestos.

Sobre Ricardo Bosque (tomado del sitio web de Ricardo Bosque)

Nací en Zaragoza en 1964, concretamente en el barrio de Torrero, allí donde se encuentran el cementerio y la cárcel -si bien desde su traslado a Zuera, lo que ahora queda es uno de esos llamados Centros de Inserción Social, el apellidado de las Trece rosas.

En lo académico y personal, crecí feliz, pasé por un colegio -el San Antonio-, dos institutos -el omnipresente Goya y otro que entonces era simplemente el Mixto 8, en la actualidad Felix de Azara- y dos escuelas universitarias -la de Ingeniería Técnica, un fracaso, y la de Empresariales, en la que obtuve el título que nunca he llegado a enmarcar.

En lo literario, debuté en 2000 con la novela El último avión a Lisboa(Editorial Combra). Un año después gané el segundo premio del Concurso de Relatos Cortos Juan Martín Sauras con el cuento Aïcha. Otro de mis relatos fue seleccionado para el libro Relatos cortos para leer en tres minutos Luis del Val. También puse mi granito de arena en el libro colectivo Relatos para el número cien (Mira Editores). En 2007 publiqué mi segunda novela, Manda flores a mi entierro (Mira Editores) y en 2009 tuve el honor de que me incluyeran en la antología La lista negra. Nuevos culpables del policial español(Salto de Página) y publiqué mi tercera novela, Suicidio a crédito (Mira Editores). En diciembre de 2011 se publicó mi primera novela ebook: Cuestión de galones (Literaturas com Libros), formato en el que se han ido reeditando a lo largo de 2012 mis anteriores novelas en la misma editorial.

Y en lo virtual, edito el blog La Balacera, en el que trato de informar sobre la actualidad del género negro -al que soy adicto desde que a los quince años probé un trago de Hammett- y la revista digital Calibre.38, ambos dedicados al género negro.


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Buscando novia – el inicio

Busco novia

Busco novia

Buscar novia. Gringa, blanca, rubia, ojo azul, lindas piernas. A fin de cuenta estoy  viviendo en Gringolandia y en una ciudad donde abundan las güeras. Si, esto es lo que obliga y hay que anexarlo a esa lista de cosas por hacer antes de morir.

Es un buen momento de iniciar la nueva vida ¿y que mejor forma que tener novia, que caray? Vamos pues. Que esto sea anexado a mi ToDo list, wish list, bucket list. Ni modo, aceptar el hecho que a los 59 cumplidos ya la calaca anda no muy lejos.

Desconociendo la ciudad y no contando con mucho tiempo libre, la primera opción fue hacer una búsqueda en línea.  Si soy un amante de  ciertas tecnologías de este siglo, ¿porque no aprovecharlas para afianzar los lazos de unión mestizo-anglo? Sea pues. A tirarme un clavado a la red de redes.

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Brasil en el LACMA

En el LACMA* otra vez. El sábado, a las cinco de la tarde. Que Katia Moraes era la atracción principal. Vamos pues, dije sin muchas ganas. Entonces allá nos vemos yo llego por mi cuenta, a fin que hay transporte público para llegar al lugar del evento. Sale pues, allá nos vemos.

Me baje en la Wilshire y Faifax después que el desconocimiento de esta ciudad me hiciera tomar el camino largo. Por un lado de Urban Light, luego de sortear y dejar atrás un enorme grupo de ciclistas que platicaban en las rutas de acceso, busqué una mesa desocupada. La escogida, aunque chaparra, ni mi lonche ni mi hambre despreciaron. En un muy europeo pan acomodé el queso primero, después el jamón. La primer mordida a gloria me supo porque el hambre ya me había alcanzado. Faltando menos de veinte minutos para la cita y con el postre en mis manos, directo al área del concierto.

Al fondo el área cuyo foro esta rodeado de bien cuidados árboles, gradas a su espalda y jardín al frente. Pasos rápidos me impulsaban para ya no más dilatar mi presencia. Había llegado la hora de escuchar música de Brasil.

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Voodoo Donas

La marquesina

La marquesina

¿Se te antojan unas donas totalmente veganas, o mejor aún, cubiertas con tocino? O quizás las prefieras cubiertas con esos cereales para niños (Fruit Loops). O de plano, si estás preparándote para una fiesta, ¿que tal te vendría un ataúd de madera lleno de donas de todas formas y sabores? Pues todo esto puede ser real si vas a Portland, Oregón. Además, si eres emigrante, tantos sabores y colorido quizás faciliten tu proceso de integración aceptación a la nueva realidad.

Las donas son populares en Portland, pero no cualquier tipo de donas. Las Voodoo Doughnut son las apreciadas, las queridas. Son casi un símbolo de la ciudad. Y esto lo descubrí a mi manera, una calurosa tarde de agosto.

Dicen que todo lo bueno cuesta y no siempre es dinero. Y en el caso de las donas del Voodoo, esto es más cierto pues para comerlas debes estar dispuesto también a hacer fila y esperar un mínimo de 20 minutos a que te atiendan. Las filas son largas, las esperas también. Pero tu recompensa vendrá empaquetada en unas cajas color rosa, con dibujos de claveras -que a mis ojos parecían más al estilo de Posadas que al Halloween- y con la leyenda impresa que dice: “Good things comes in pink boxes”, la misma que despliega la marquesina del negocio. Sigue leyendo

Los vengadores

La venganza de los despechados

La venganza de los despechados

 

Eramos tres, adolescentes y a punto de crear lazos de unión que no imaginábamos. La vida, la ciudad, nuestros historias personales, estaban gestando una hermandad que habría de durar mucho tiempo. Pero en ese año de Dios de 1971, no lo sabíamos de cierto.

Nuestra amistad inicio por ese tipo de desgracias que se tienen a los diez y siete años. Si, de esas que tomas muy a pecho. Y es que nunca ha sido fácil  terminar un noviazgo. Sobre todo cuando es el primero. Y menos aún cuando es la otra parte quien decide terminar la relación. Andale, ya me entiendes. De esas profundas, que dejan huellas. Si, porque son de las batallas que pierdes.

A mí me terminaron sin yo haberlo anticipado. Simplemente decidió que otro joven tenía más cualidades que yo. Fui a visitarla. Le pregunte si algo pasaba. Me dijo que no, agregando que yo no la entendía. Se metió llorando a su casa. Y yo me quede parado, como un idiota, lleno de dudas y dolor.

Verás, no me gusta ver llorar a una mujer. Eso me trae malos recuerdos. Así es que me sentí culpable. Buscaba en mi comportamiento pistas de mis errores. Y no darme cuenta  cuales eran, me hacía sentir peor de lo que ya me sentía. Desesperado, buscaba culpables. Dentro y fuera de mí. Tal vez fue en aquel baile, imaginaba. Quizás no le preste la atención debida. O es que no se bailar bien. O fue culpa de E por haberse portado mal con L, amiga muy cercana a, la ahora, mi ex.  Y al final resultó que ella tenía razón, que caray. No entendía nada de lo que estaba pasando. Ella es la que me había dejado por otro y yo me sentía culpable.

Mucho mal me han acarreado  haber crecido en un ambiente dónde los males de amores son tan sobrevalorados. Y luego que las canciones de Pedro Infante no ayudan mucho en esto de sanar heridas. “..Porque soy como soy, sin razón me desprecias / porque vivo entre gente que dices que no es de tu altura..”  Y luego esa voz tan transmisora de emociones que tenía el sinaloense. ¡Chale con las canciones de antaño! Aunque a decir verdad tampoco Led Zepelin ayudaba mucho. “Lyin’, cheatin’, hurtin, that’s all you seem to do…. / … Always the same, playin’ your game”. El rock, con nada que envidiar al masoquismo mexicano cuando de amores traicionados se trata. ¿Lo dudas? escucha a Hendrix y su “Hey Joe”, para que te convenzas.

Con ese dolor en el pecho decidí hacer caminando el recorrido habitual de los fines de semana. El posible cansancio no me preocupaba. Ya ves, siempre ayuda estar joven. Y traer tenis Vans nuevos. Si, esos de moda, comprados en tienda gringa. Primero la Avenida Ruíz, después la calle Primera. Y luego unas tortas, ya de regreso a mi casa, en el Yeyo’s.

Estaban en una carro, frente al Hussong’s, aquel domingo en la noche. Eran tres. Ya conocía a R y A. Por sus caras, muy tristes. A poco me enteraría la razón: las novias los habían cortado.  Escuchaban canciones cuya letra te vende la idea de que ellas, todas, ni nos entienden ni merecen, dando sólidos argumentos para demostrar que la maldad anida en sus almas. “..Ella, ella ya me olvido / yo, yo la recuerdo ahora..” decía Leonardo Favio con fuerte acento argentino.

Bebían. Leche en tetrapak, de a litro. Una bolsa de pan dulce, de la panadería El Cristal que se ubicaba muy cerca de la casa de A, pasaba de mano en mano. El mismo procedimiento, como ensayado: una mordida a tu pan favorito, seguidas de unas cuantas masticadas y un trago a la leche. Sencillo. Ritual. Así desahogaban su tristeza frente al Hussong’s, alumbrados por las luces y los olores a carne asada de la taquería cuya especialidad eran esos tacos de tortillas de harina, pequeñas, redondas, llenas de carne jugosa.

Me invitaron a subir al carro, abriéndome la puerta de atrás. Me ofrecieron un trago y me pasaron la bolsa de pan. Escogí una conchita. De chocolate.  Luego me preguntaron por R y manifestaron estar al tanto de lo que había pasado. Que todas las mujeres eran iguales, dijeron. Pero que al final, nosotros, los hombres, saldríamos victoriosos en esta lucha contra las féminas, porque ellas no sabían amar, no entendían nuestros sentimientos, eran unas ingratas. Y entre trago y trago de leche y mordida y mordida de pan, nuestras miradas reflejaban una profunda comprensión sobre este sencillo hecho, reafirmando con nuestros silencios la cruel verdad dicha por Leonardo “… yo, yo no puedo olvidarla…”

De vez en vez recuerdo el peso tan grande de verdad que le dábamos a las canciones escuchadas. “Pa’ de hoy en adelante yo soy mano / solo cartas marcadas has de ver”, decía una canción ranchera. “.. Your time is going to come… / Don’t care what you say ’cause I’m goin’ away to stay / Gonna make you pay for that great big hole in my heart..” decía Robert Plant entre el requinto de Jimmy Page. ¿Como no creerles? ¿Como no estar de acuerdo con esa realidad que se señalaba al ritmo del rock y mariachi? Solamente un necio se atrevería a negarlo, que caray.

Y en ese ambiente, en esos momentos, lastimados y heridos, nos imaginábamos protagonistas de algo importante, de algo trascendente, de algo digno. Sentíamos que nuestro destino era vengar las afrentas recibidas en lo personal; era la lucha entre ellas y nosotros. Y sin decirlo, lo sabíamos cierto, lo sabíamos nuestro, lo sentíamos deber propio. Fue una revelación, como si de ese día en delante nuestra misión fuera no solo vengar las afrentas sufridas en carne propia, sino vengar las afrentas recibidas por todo el genero masculino a lo largo de la historia humana. ¡Cuídense todas las mujeres ingratas, ya llegaron los Vigilantes!

De pronto, al calor del profundo convencimiento de haber encontrado nuestra misión en la vida, R dijo “…vamos por unas Caguas (1)…” Todos asistimos de inmediato y esa noche nos emborrachamos como cosacos con cerveza en envase de cristal, no retornable, tipo caguama. Y a partir de ese día en nuestras reuniones la leche fue substituida por cerveza o vino tinto-Santo Tomás, de galón- y en vez de pan, aparecieron los tacos de tripita o pescuezo de pollo en el Bajío (2), al cierre de la borrachera.

Por demás está decir que nunca cumplimos ninguna de las venganzas imaginadas, menos aún cuando había tantas cosas que nos divertían y mantenían ocupados en esos momentos. Resulto que el vino y los tacos del Bajío tenían mejores efectos curativos que el pan y la leche. Y claro, ¿que promesa de venganza se puede sostener cuando llegan otros amores y tocan a la puerta? Ninguna, claro esta.

Así inició nuestra cura para el primer mal de amor de adolescentes. Venganza imaginarias, vino tinto, muchachas que creaban en nosotros nuevos ilusiones, escuchar nuevas melodías ya no tan lastimeras, afianzar vínculos de hermandad adolescente. Ahora doy gracias a esos desamores que sellaron una amistad de esas de los Tres Mosqueteros. Una amistad de muchos años. Y muchos recuerdos.

 

NOTAS

(1) Caguas: botella de cerveza tamaño caguama con capacidad de casi 1 litro.

(2) Bajío: zona roja de la ciudad, llamada así por estar a un nivel más bajo que las calles del centro urbano. Era tradición en aquellos años terminar la noche de juerga comiendo tacos en los puestos callejeros de esa zona.

photo credit: sherif.mohyeldin via photopin cc

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